Opinión 3.0


Del desencanto TLCAN al abismo del TPP

Rosario Herrera Guido

No hay otra tontería más perniciosa
que haya inventado el hombre
que los tratados comerciales.

Benjamin Disraeli

La lucha por la agricultura y la alimentación es una lucha común de los granjeros, los campesinos y los consumidores de los tres países implicados en el Tratado del Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o North American Free Trade Agreement (NAFTA). Una lucha por el derecho a la vida, el trabajo y la alimentación sana y nutritiva, que fortalezca la soberanía alimentaria, evitando la concentración y el monopolio de las grandes compañías agroalimentarias.

Desde el 3 de marzo de 2003, en un diálogo sobre una política de Estado para el campo, a propósito del comercio y el TLCAN, los campesinos ya gritaban: “¡El campo no aguanta más!”. Una denuncia que recuerda que fue Carlos Salinas quien sacrificó al campo, para usarlo como una deslumbrante moneda de cambio para que los congresistas norteamericanos aprobaran el TLCAN. También nos refresca la memoria lo que dijo Al Gore, el entonces vicepresidente de los Estados Unidos, en una entrevista televisiva, unos días antes de su aprobación: “El TLCAN es tan importante para los Estados Unidos como la compra de Alaska”.

Para contribuir con nuestra memoria histórica, permítanme que les recuerde el lastimoso entreguismo del gobierno mexicano en las negociaciones del TLCAN. Luis Téllez, el entonces secretario de planeación de la Secretaría de Agricultura y responsable de las negociaciones agrícolas ofreció incluir el maíz y el fríjol; una mercadería ante la que los negociadores norteamericanos se alarmaron por el efecto catastrófico que tendría en el desempleo rural y la migración a los Estados Unidos. Pero Salinas y Téllez se sacaron de la manga una brillante argumentación: el TLCAN sería el instrumento fundamental para la creación de empleos en México y para frenar el éxodo de los mexicanos hacia los Estados Unidos. Sin embargo, la migración de cientos de miles mexicanos anuales, durante los ya casi 23 años de vigencia del TLCAN, resulta una prueba indiscutible del gran engaño de este par de “brillantes” neoliberales. Por ello, Luis Téllez, el responsable de sacrificar al campo en las negociaciones del TLCAN, fue empleado por el grupo Carlyle, uno de los grandes intereses de la familia Bush, además de ser miembro de la administración del Grupo México y asesor de Felipe Calderón, justo cuando se generó la sospecha y la certeza de que para Téllez era preciso primero arruinar al campo para poderlo rematar.

Ya Ugo Pipitone, en su libro “El temblor interminable” (CIDE, 2006), señalaba que ningún país podía alcanzar un alto grado de competitividad y bienestar sin pasar por una modernización rural exitosa. De lo que se concluye que es totalmente errática la idea de que primero debemos crear la riqueza y después distribuirla. La salida no está en el crecimiento económico a secas. Porque el progreso económico no trae como por arte de magia beneficios para todos, pues una distribución exclusivamente basada en el mercado deja a la mayor parte de las familias fuera del progreso.

Ya no es posible que los mexicanos sólo nos quedemos viendo como nadan de muertito nuestros políticos, esperando ser arrastrados por la globalización, confiados cínicamente en la válvula de escape que representa la migración, la changarrización, la maquila, el narcotráfico, el lavado de dinero, el crimen organizado, la economía informal o la ilegal, la militarización de la frontera, la criminalización de los indocumentados en Estados Unidos, el fracaso de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el derroche de nuestro capital ambiental, cual caída en un abismo sin retorno. Todo ello, en su conjunto, en realidad muestra que el desarrollo no es compatible con la ideología del libre comercio.

El hambre en México está frente al bruno horizonte del neoliberalismo como expresión ideológica de un modelo económico, que considera la casi nula intervención del Estado en la economía, no sólo porque el mercado es el mejor instrumento para asignar con eficacia los recursos de la sociedad sino porque los empresarios saben administrar mejor la riqueza que las instituciones del Estado, con sus consecuentes políticas económicas para favorecer el libre mercado: 1) privatización de las empresas públicas o paraestatales; 2) eliminación de los impuestos a mercancías y capitales extranjeros; 3) flexibilización laboral, contratación temporal y desaparición de sindicatos; 4) recortes al gasto público, cobertura limitada a la seguridad social, educación, pobre inversión en infraestructura, eliminación de subsidios; 5) desregulación financiera; 6) apertura comercial de los mercados y 7) estabilidad macroeconómica como principal y único objetivo.

Fernando Soto Baquero, representante en México de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, recientemente declara que en México los indicadores de pobreza se han mantenido estables desde 1992, por las altas tasas de crecimiento económico y las políticas del combate a la desigualdad de los ingresos, además de la protección social y la integración económica. Una afirmación discutible y dudosa, porque nunca como hoy las cifras oficiales son increíbles, tanto para l@s académic@s como para los ciudadan@s. Pero, recordando y retomando el tema del estancamiento de la tasa de pobreza desde 1992, no es de poca talla que concuerde con la que difundió el Banco Mundial, además de que checa con la fecha de la firma del TLCAN.

Con respecto al empleo, las cifras reportadas y difundidas siempre aparecen maquilladas, pues en la cantidad de nuevos empleos siempre se incluye hasta los oficios temporales de escasos tres meses de contrato, por el sólo hecho de haber sido registrados en el seguro social.

Y en relación con la pobreza ni se diga, puesto que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), siempre minimiza las cifras de los salarios bajos y excluye del conjunto de los pobres a la “población vulnerable”. Además de que guarda con extrema precaución el posible número de ricos, sus ingresos, origen y el destino de sus riquezas e inversiones.

La Cruzada contra el Hambre, como política social, tras los seguramente maquillados 2 millones más de pobres recientemente reportados por Coneval, frente a este perenne horizonte neoliberal, no sólo muestra su indigencia, su enorme capacidad para acrecentar la fábrica de pobres, sino la perversa mano negra de las políticas clientelares electorales, que pronto dejaron ver su nada despreciable papel en la caída libre del peso.

Luego de 7 años de secretas negociaciones, este 5 de octubre México terminó de negociar, junto con otros 11 países, el “Acuerdo Transpacífico”, Trans Pacific Partnership (TPP). No es un aburrido e inútil tratado comercial más, sino un mega pacto en el que Estados Unidos establece las condiciones para temas que desbordan lo económico, pues involucran a la salud, la educación, la libertad de expresión y acceso a la información. Un tratado en el que los países asociados deben acatar las reglas, incluso las que vayan en contra de la Soberanía Nacional (Canadá, Estados Unidos), México, Perú, Chile, Vietnam, Singapur, Japón, Nueva Zalanda, Malasia, Australia …Como dicta Obama: “No podemos permitir que países como China escriban las reglas de la economía global. Nosotros debemos escribir esas reglas”. ¿Nosotros u Obama?

El TPP es polémico porque es un tratado de libre comercio que estable las condiciones para levantar barreras comerciales entre sus miembros y su soporte está fundado en el mismo supuesto que el TLCAN: beneficia la economía. Pero hasta los premios Nobel en Economía, Paul Krugman y Joseph Stinglitz se oponen, argumentando la imposibilidad de su beneficio: nada más sospechoso que un multimillonario acuerdo a puertas cerradas, cocinado desde 2006. Sólo Wikileaks filtró información sobre peligrosos apartados sobre derechos de autor, inversiones y medio ambiente, que fueron suficientes para dejar ver con claridad meridiana la siniestra faz del TPP. Porque mientras los países tercermundistas avanzan milimétricamente en sus democracias, el TPP está hecho a la medida de gobiernos autoritarios e indiferentes a los derechos humanos.

En el campo de la salud, cuestión de vida o muerte, la pragmática del TPP pretende beneficiar a las grandes empresas farmacéuticas y quebrar los laboratorios de genéricos, con lo que hace inaccesible a los sectores más vulnerables de la población de tener acceso al tratamiento del cáncer, VIH y vacunas. Lo que significa que sólo podrán adquirir medicinas quienes tengan el dinero suficiente para comprar medicamentos de patente, cuando en México el 85 % de los medicamentos que circulan en el mercado son genéricos. Por ello, Médicos Sin Fronteras declaran que es “el tratado más dañino porque hace inaccesibles las medicinas en los países sub-desarrollados”.

En términos de educación e información, el TPP propone que subir o bajar información de la que no tengamos derecho de autor es un delito que amerita cárcel y pago de enormes multas a las compañías que tienen los derechos. El TPP limita la experiencia de la comunicación, la participación ciudadana en las redes sociales, los textos, las imágenes y las películas. Redes como You Tube, Facebook, Tweiter o WordPress, tienen que eliminar información cuando reciban un reporte de derechos de autor. Lo que en su conjunto da libre curso a la censura. Pero todavía falta que Enrique Peña Nieto lo firme y el Senado lo ratifique para que el TPP sea aprobado. Hay quienes arengan a rechazar masivamente este golpe más del Imperialismo Mundial o el “Casino Global” (como le llama Eugenio Trías), a los empobrecidos pueblos. Hay que esperar al menos la indignación…si es que todavía queda algo de dignidad.

7 octubre, 2015
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