Derechos Humanos


“La vida ya estaba de por sí de la chingada, y se puso peor el día que me violaron”: adolescente indígena

 / Revolución TresPuntoCero

La vida de Ana “ya estaba de por sí de la chingada y se puso peor el día que me violaron. Somos cinco hermanos y mi madre. Nuestra casa es de lámina de cartón forrada de plásticos, siempre estamos esperando las campañas políticas para poder juntar plástico nuevo de la propaganda y poder volver a forrar el que ya se hizo viejo.

Mi hermano menor tiene 6 años y trabaja boleando zapatos, los otros son cargadores, yo tengo 15 años y me tocó tener la desgracia de salir mujer, ayudo a mi madre a vender, nadie fue a la escuela y tampoco nos interesa eso. Vamos al día, a veces ni juntando todo lo de todos sale para comer. Cada vez es más fácil que nos quedemos sin comer.

No somos los únicos que estamos mal, vivimos en un municipio donde todos somos pobres, medio hablamos el español y por eso les damos asco, hasta a los políticos que vienen, nos saludan y se lavan las manos con alcohol, ha pasado, lo hemos visto, lo hacen porque nos ven sucios y cómo no si se olvidaron de nosotros.

Ellos solamente nos usan y ya se quedan con la máquina del dinero, nosotros solamente nos beneficiamos con los plásticos, y los que pueden venden su voto por 100 pesos porque algo es algo. En mi comunidad no hay calles como en la ciudad, todo es lodo y terracería, mucho menos hay luz, eso sería un lujo que como gente humilde no merecemos.

El otro día salí a dejar unas coronas de flores de plástico, mi mamá las hace para ponérselas a los difuntos, tiene venta todo el año, aunque más en día de muertos, pero se las pidieron en diciembre y yo fui a entregarlas, no era noche pero aquí oscurece temprano, de regreso un hombre me asaltó, me dijo que sabía que llevaba dinero y que se lo diera o me mataba, yo sabía que si se lo daba con mi mamá me iría peor, así que le dije que no y quise agarrar piedras, pero me dominó.

Me empujó y caí, me raspé los brazos y las manos porque después me pegó y me arrastró a un lado del camino y me violó, me quitó el dinero y me volvió a patear en mi estómago. Aquí la policía no existe, los que de vez en cuando pasan les tenemos miedo, siempre nos andan insultando, además a mí me dio pena, mi mamá me dijo que si le decía a alguien nunca nos iban a dejar de molestar”, narra a Revolución TRESPUNTOCERO la adolescente, quien decidió cambiar su nombre.

Ana, proviene de una localidad indígena Tzotzil del norte de Chiapas, que conforma el municipio de Huixtán, donde habitan aproximadamente 22 mil personas, de las cuales 16 mil padecen pobreza extrema, 7 mil son analfabetas, 20 mil viven con menos de dos salarios mínimos y 14 mil viven en hacinamiento, según informes oficiales. Por la falta de caminos, los traslados siempre tienen que hacerse a pie, ya que los transportes no pueden llegar hasta esa zona.

“No soy la única a la que le ha pasado, siempre caminamos a pie solas, porque no podemos estar dependiendo de nadie, no hay transporte y si hubiera, no tendríamos con qué pagar, todos trabajamos para poder sobrevivir, hace año y medio violaron una niña de siete años, vendía verdura y de regreso le pasó, casi se muere porque estaba chiquita y sin fuerza, con los golpes que le dieron la dejaron medio muerta, ellos se fueron de aquí, no sabemos si la niña sobrevivió.

Otras corren con más suerte y no les pasa más, nos quedamos con el miedo, no podemos hablar, no queremos salir nunca más, pero al otro día seguimos caminando por el mismo lugar porque no hay de otra, esa es la vida que llevamos, porque no somos solas, tenemos que ayudar, no podemos ser carga”, asegura Ana.

Ella comenta que no sabe si está embarazada, porque no puede salir de su comunidad para tener acceso a una visita médica, tiene miedo porque no sabe cómo podría mantener a alguien más y porque sería rechazada en su comunidad. “A veces inventan que es hijo de un novio que se fue y las dejó, pero ya tanto que dicen eso que cuando lo dices es porque te violaron, te comienzan a rechazar, las que pueden se van y después regresan, dicen que han regalado a sus hijos, no se sabe si es verdad”.

En cuanto a una realidad de la que llegan a ser víctimas en cualquier momento las mujeres indígenas, la investigadora social, perteneciente a la ONG Survival International, María Elena Sanz, afirma a Revolución TRESPUNTOCERO: “a diario una niña, joven o mujer adulta en pobreza y pobreza extrema puede tener mayor riesgo de ser abusada sexualmente, principalmente en comunidades indígenas, donde se les revictimiza aún más que a todas las mujeres que han padecido este calvario.

Eso en caso de atreverse a denunciar, porque no solamente sucede en Huixtán, Chiapas en una de las entidades de mayor vulnerabilidad, ahí se concentra una gran parte de población indígena que a diario vive sufrimiento. Las mujeres no denuncian por miedo, por pena, porque se los prohíben, porque si lo hacen solamente se burlaran de ellas; otro factor es no hablar español, ellas no tienen la obligación de hacerlo, pero las autoridades sí tienen la obligación de tener traductores que las ayuden, eso no pasa, ni el gobierno estatal, ni el federal gasta dinero en ello”.

La especialista asegura que el ser indígena en México y principalmente en Chiapas, es sinónimo de desprecio, discriminación y abuso de cualquier tipo, “por eso las mujeres son las más violentadas. No es necesario adentrarse en las comunidades lejanas -donde por eso mismo la situación es aún más compleja-, basta ir al centro de San Cristóbal de las Casas, donde mujeres indígenas tienen hijos blancos y ojos azules, muchas de ellas fueron víctimas de abuso sexual por parte de turistas extranjeros, también lo son por parte de grupos paramilitares, manejados también por autoridades locales y estatales, y sin duda alguna los elementos del Ejército también comenten este tipo de atrocidades, todos tienen el ‘permiso’ de hacerlo, porque saben que ninguna autoridad las defenderá, nadie le hará justicia”.

Como ejemplo, cita el caso de tres indígenas tzeltales violadas en 1994 por un grupo de militares que las detuvo durante horas y abuso de las jóvenes varias veces, asegura que, la justicia se mantiene ausente. El Estado mexicano sigue faltando a su compromiso de protección de Derechos Humanos, y se ha convertido en cómplice de los culpables. “El hecho anterior, se conoce porque se atrevieron a denunciar, pero no es el único, indiscutiblemente muchas más no se han atrevido a demandar justicia, pero cuando los militares hacen operativos y cometen despojos en las zonas de los altos de Chiapas, violan mujeres, incluso niñas, las raptan comenten el delito y las dejan ir. La entidad es el paraíso de los violadores”, afirma Sanz.

A su vez, cita el caso de Celestino López Hernández, quien violó en múltiples ocasiones a una mujer indígena con síndrome de Down, aún cuando el hecho fue denunciado y del cual resultó una orden de aprehensión, él siguió en libertad, “porque la impunidad no solamente existe para quienes pueden sobornar, existe para todos los hombres cuando se trata de una violación”, asegura. En dicho caso, después de 10 años y no existe justicia alguna.

Por su parte la activista Guadalupe Gálvez, explica a Revolución TRESPUNTOCERO que “cualquier factor o mínimo detalle puede colaborar para detonar el escenario perfecto para una violación sexual en comunidades chiapanecas, el hecho que los caminos sean silenciosos, durante todo el día, que no haya transporte porque es imposible que soporten el tipo de suelo, ya son cuestiones a favor de los ladrones y violadores. Lo más importante -y lo más olvidado- son la falta de alumbrado y policías, pero aquellos que sí pasen un examen de confiabilidad, porque no se busca meter más violadores; lo anterior en conjunto es olvido, desinterés y complicidad, por eso las mujeres son abusadas. ¿Cuál ha sido la propuesta de los diputados chiapanecos, de Velasco Coello para el cese de violaciones sexuales en contra de indígenas? Ninguna.

Se escudan bajo el hecho que ‘no dicen nada, no sabemos nada, no pasa nada’, no les importa saber, por eso mantiene autoridades que revictimizan a la mujer, que la discriminan por no manejar el español y finalmente hasta la amenazan para que se calle y se vaya, pero otras corren la suerte de ser valientes y más si tienen a alguien a su lado que pueda difundir su historia”.

Como ejemplo Gálvez narra el caso de María, una indígena que vive en una comunidad alejada de la de Ana, sin embargo las mujeres ahí también padecen la misma tragedia.

María vive en Vistahermosa, Huitepec, y ella permitió que su historia se hiciera pública. Ahí también falta el alumbrado público, la seguridad y sobra la pobreza. Asegura que muchas mujeres han padecido violación y han tenido que permanecer calladas, ella sería una víctima más, cuando el 26 de diciembre del año pasado salió de su hogar para vender lo cosechado en su pequeño terreno, de regreso, aproximadamente a las seis de la tarde fue atacada por un individuo, a quien ella enfrentó, pero éste la sobrepasaba en fuerza.

Fue un poblador que pasaba por ahí quien logró ayudarla, sin embargo el atacante escapó, ella asegura que no pertenece a su localidad y el hecho lleva meses repitiéndose, aunque no ha habido solución, ya que al ser los caminos solitarios y no poder dejar de transitarlos el riesgo crece.

“La activista quien ayudó a dar a conocer la historia ha dicho con certeza que ‘ellas luego de ser agredidas, callan y acuden a la Iglesia, a Dios y en este caso San Juditas, ellos son sus terapeutas, abogados, mediadores entre su dolor, su impotencia y la necesidad que tienen de salir adelante, pues son mujeres de trabajo, no se pueden quedar en sus casas ni a sanar de sus golpes y menos a sanar sus heridas morales, no existe realidad más triste que ésta, porque a diario mujeres que pueden tener acceso a ayuda difícilmente se recuperan de este tipo de brutalidades, tampoco reciben justicia pese a su denuncia, entonces las mujeres indígenas peor.

En las iglesias rezando muchos hemos visto mujeres indígenas que hablan de su dolor, ese es su único desahogo, no les queda más. En otros casos se quitan la vida, se avientan a los ríos desde los peñascos, se ahorcan, ingieren veneno para roedores, plaguicidas, nadie investiga, todos callan”, explica Gálvez.

Según informes de la organización civil chiapaneca “Melel Xojobal”, los casos de violencia sexual y feminicida Chiapas van en aumento, sin que existan acciones a nivel federal que garanticen la seguridad de las mujeres y prevengan este tipo de violencia. A su vez aseguran que el abuso sexual lleva en muchas ocasiones al feminicidio, pero hasta la fecha, la solicitud de alerta de violencia de género, realizada en noviembre de 2013 denunciando la falta de implementación y efectividad de los mecanismos de protección para prevenir el feminicidio, sigue sin emitirse.

12 enero, 2016
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