Revoluciones


Dos relatos diferentes de una sola y cruda verdad

Antonio Aguilera / @gaaelico

-«Cuando uno ve muertos en todas partes, no nos importaba morir hoy o morir mañana, y, en ocasiones, maldecíamos el amanecer que nos pillaba todavía vivos. En la mente llevaba todavía firmemente anclada la idea de que el pecado imperdonable no era el de matar, sino el de causar dolor innecesario. (…) La orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir, y Himmler nos dijo que ‘sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos’.

-“Me dijeron ‘Tu jálate a los que ya están muertos a la orilla del basurero’, cómo está alto, los acarré de un lado al otro, y otros dos los columpiaban y los aventaban hacia abajo, mientras nosotros echábamos diésel y gasolina y llantas, bañando a los cuerpos pa’ quemarlos… Los hicimos polvo y los echamos al agua, nunca los van a encontrar”.

La primera declaración ostenta la postura de un hombre que está consciente de las repercusiones de los crímenes que está cometiendo o a los que está coadyuvando a cometer, y las expresa desde la postura incólume de alguien que está siendo juzgado. Pertenece al gerifalte nazi Adolf Eichmann, uno de los principales oficiales nazis en lo que tiene relación con la administración de la ‘cuestión judía’ durante la Segunda Guerra.

La segunda, es la declaración de ‘El Gil’, lugarteniente de Guerreros Unidos, el hombre que recibió la orden de asesinar a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, y que giró instrucciones a sus sicarios para que ejecutaran, calcinaran, trituraran y aventaran al río los restos de los estudiantes.

En ambas declaraciones, tétricas y lúgubres, se descubren las cavernas más profundas y brutales en las que se encuentra la mente humana cuando es consciente de que está cometiendo los actos más atroces, bestiales, sanguinarios y brutales que puede cometer un ser humano: exterminar al prójimo por el sólo hecho de que no quede huella de su presencia en este mundo.

Y estos actos se narran desde una trivialidad y una futilidad impresionante, como de quien sólo realiza un trabajo nimio y de forma indiferente sega vidas, tritura cuerpos, recoge cenizas y las arroja al olvido de la existencia.

Por estos días –y cada que se comete un crimen de lesa humanidad- muchos analistas y comentócratas vuelven a citar el trabajo que –como periodista- realizó Hannah Arendt en el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalem, que tituló: “Un reporte sobre la banalidad del mal: Eichmann”.

En el juicio realizado en  1961, después de que Eichmann fuese localizado y detenido en Argentina bajo el nombre de Ricardo Klement, fue trasladado a Jerusalén, un juicio que fue el primero en contar con una amplia cobertura mediática. En ese año, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos, que ya era famosa por la publicación de su libro “Los Orígenes del Totalitarismo”.

Cuando todo el mundo esperaba un reportaje que condenara a Eichman a recorrer las siete salas del infierno, la reflexión y exposición de Arendt presenta que Eichmann, en realidad, era sólo un burócrata; la máxima expresión de la modernidad: un hombre que cumplía una función en una estructura administrativa, y que no se requería de él mayor capacidad que la ejecución de las acciones que se le demandaban.

Y en eso consistía lo que ella definió la banalidad del mal. Cuando todos esperan que sujetos infames como Eichmann o como ‘El Gil’ sean la representación misma de satanás, que de forma sádica sintieran placer al cometer sus crímenes, que urdieran los planes para el exterminio de seres humanos de forma cruel; al final resultan sujetos normales, que el mismo día que cometieron sus crímenes, se despertaron, desayunaron, se despidieron de sus seres queridos, saludaron afablemente a sus compañeros de trabajo, se persignaron, y salieron a las calles a matar a seres humanos, por el sólo hecho de cumplir con su trabajo o con la causa a la que pertenecen, así sea criminal.

Eichmann al ser enjuiciado, fundó su defensa en el principio que él, al ser sólo un oficial que seguía órdenes, no tenía responsabilidad alguna por el destino de la población judía que era objeto de sus acciones.

Lo mismo ‘El Gil’, tal vez un analfabeta que gusta del futbol y de cortejar mujeres, que sólo cumplió con la orden de “defender el territorio” y desencadenar los más terribles de los horrores para impedir que un grupo rival –con el que trató de calificar a los normalistas- entrara en su zona.

Esta es la versión actual del mal. El mal, siguiendo a Hannah Arendt, no es un acto consciente, dónde la persona tenga la intención de causar el daño a otra persona o comunidad con sus actos. Es más bien una cuestión de omisión de conciencia, donde la persona que realiza este mal no lo considera tal porque para él está cumpliendo un objetivo de bienestar mayor del cual está convencido, sin considerar las consecuencias de los actos en quienes son objeto de ellos.

El retrato resulta terrible, ya que todos los mexicanos nos imaginamos cónclaves de verdaderos asesinos, que afilan sus armas y planean la exposición brutal de la maldad desde sus cavernas escondidas en los lugares más recónditos, cual le verdad resulta ser totalmente otra, cuando en realidad los tenemos tal vez como vecinos, como conocidos, que pagan sus servicios, que asisten nuestros mismos lugares de esparcimiento y comparten nuestros mismos gustos e indgnaciones.

La filósofa alemana señalaba que una sociedad está dotada de posibilidades infinitas, y «el mal» intenta anularlas todas, sin embargo también señala que el «mal» no tiene ninguna particularidad, fortaleza o convicción ideológica, surge cuando todos los hombres se han vuelto igualmente superficiales, de allí su “banalidad”.

El mal existe inmerso en la sociedad, y tiene expresiones menos duras, como la indiferencia, la indolencia, la trivialidad y la exclusión, que se expresa a través del rechazo al “otro” a lo “diferente”, a quien expone a la discriminación de sus valores y de sus convicciones sociales.

El mal surgió en Iguala de la mano al rechazo hacia los normalistas y sus reprobables prácticas de lucha, lo que se convirtió en odio, que dio pie a que se desencadenara la maldad de quienes dieron las órdenes, de quienes accionaron las armas y de quienes encendieron las antorchas.

Hannah Arendt lo refería así cuando hablaba de los alemanes, que justificaban y apoyaban las atrocidades del régimen nazi: “La indiferencia con la que los alemanes se mueven por entre las ruinas tiene su correspondencia en que nadie llora a los muertos”. “El alemán medio busca las causas de la última guerra no en las acciones del régimen nazi, sino en las circunstancias que condujeron a la expulsión de Adán y Eva del Paraíso”.

Es indudable que Iguala vino a retratar el mal que existe en todo México, porque más allá de cuestionar la sed de sangre de los asesinos materiales o el grado de perversidad de los autoes intelectuales y políticos, ante eventos tan abominables como los de Iguala hay en algunas personas, lo mismo entre ciertos analistas y especialmente entre algunos políticos canallas, el comportamiento de reaccionar con instinto animal, irracional, bárbaro, de “ver colgando del palo mayor” a los que creen que son los culpables, antes que —como dice la propia Arendt— de “llorar a los muertos”.

Al ver a los agentes gubernamentales hablar en sus discursos y participaciones públicas como es el caso del Procurador Murillo Karam o del propio Enrique Peña Nieto, o al escuchar las voces que justifican al poder central, como el lamentable caso de Joaquín López Doriga o Ciro Gómez Leyva, volvemos a regresa a Eichmann: son sólo burócratas que actúan irreflexiva y acríticamente, sin conciencia de su posición y de las consecuencias de sus actos.

Para el gobierno, su programa no es malo, al contrario, es el que finalmente traerá la modernidad que no deja de llegar.

Para los medios, se trata de hacer cumplir el pacto, el contrato, y redireccionar sus señalamientos contra los adversarios del cliente.

Todo este conjunto de asociaciones perversas y atroces, son el nido perfecto para el mal, que nos hunde y desgarra más y más hacia un vacío de sentido que nos vuelve objeto de una inmovilidad social.

El primer punto de ese vacío está en la incapacidad de establecer un diálogo; ya que, por un lado, el gobierno se niega a aceptar voces disidentes o críticas que le exponen las deficiencias y peligros del programa que ejerce y, por otro lado, está el hartazgo de las personas que han sufrido las decisiones gubernamentales.

Y en medio de este vacío de diálogo, que precede al vacío de sentido, se encuentra el problema de violencia: la población que no participa de los problemas que las organizaciones, personas y comunidades buscan solucionar.

Al final, es en los ciudadanos en donde debemos buscar las respuestas, asumir la responsabilidad de sortear la impunidad del Estado. De buscar la justicia en nuestras acciones diarias, Perseguir a los responsables de orquestar este estado de corrupción, crimen y terror en México y rechazarlos con contundencia.

Hay que pensar ya en la transformación radical y efectiva de la esencia del Estado y de la sociedad misma.

13 noviembre, 2014
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