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Jean Baudrillard y la incomunicación de la comunicación

Rosario Herrera Guido

¿Si el universo moderno de la comunicación,
de la hipercomunicación, no nos hubiera sumido
en lo insensato, sino en una enorme
saturación de sentido, consumiéndose con su éxito;
sin juego, sin secreto, sin distancia? […] ¿Si toda
esta mutación no dependiera, como creen algunos,
de una manipulación de los sujetos y las opiniones,
sino de una lógica sin sujeto en la que la opinión
se desvanecería en la fascinación? […] ¿Y si todo ello
no fuera entusiasmante ni desesperante, sino fatal?

Jean Baudrillard, El otro por sí mismo.

Jean Baudrillard (1929-2007), el pensador francés, el sociólogo, crítico de la cultura y filósofo, uno de los pensadores más originales y polémicos de nuestro tiempo, tras su fallecimiento, el martes 6 de abril en la Ciudad Luz, deja una serie de lámparas encendidas para todos los que vienen detrás. Aunque formado en el seno de la Sociología (obtiene el doctorado en la Universidad de París), incursiona en casi todos los discursos de nuestro tiempo de manera deslumbrante a través del ensayo, por lo que su obra (más de catorce volúmenes) se encuentra traducida a más de once idiomas. Por lo que Jean Baudrillard será reconocido como un intelectual de la Era Post-marxista. Entre sus análisis sobre el universo de los signos y el fin de lo social destacan los libros: La Sociedad de Consumo, América, La izquierda divina, La seducción, A la sombra de las mayorías silenciosas y Cultura y Simulacro, entre otras de importancia semejante.

Hay objetos actualmente —según Baudrillard— de los que no sólo es difícil sino hasta imposible hablar: a saber, la comunicación y la información. Principalmente porque se encuentran rodeados de muchas fantasías tecnológicas, creadas en realidad para sostener un mito fundamental: que la comunicación existe. La gran dificultad para hablar de la comunicación hoy, se debe a que pertenece al mundo de las imágenes, del espectáculo y de las apariencias. Y “las apariencias tienen algo de secreto, precisamente porque no se prestan a la interpretación” (Jean Baudrillard, El otro por sí mismo, Barcelona, Anagrama, 1988, p. 54).

Antes se hablaba de modos de producción, de fuerzas productivas, de relaciones de producción. Desde 1960 se habla de consumo de imágenes y de signos. Y hoy ya no se habla más que de mensajes, información, retroalimentación (feed-back).

Baudrillard es un pensador que levantó marejadas de polémicas desde que preguntó: “¿De verdad nos comunicamos, o es más bien el problema de toda una sociedad que se exalta y se agota en el mito de la comunicación?”. A la ilusión de que a más producción más riqueza social, desmentida desde la depresión económica de 1929, corresponde otra ilusión: la comunicación será más perfecta en la medida en que haya más tecnologías de comunicación. En lugar de hacerse perfectible la comunicación merced al exceso de medios e instrumentos de comunicación, tiende a desaparecer en razón de su saturación. En realidad “toda la gigantesca operación tecnológica de la comunicación no hace más que denunciar la ausencia de comunicación”.

El dispositivo, el artefacto, el aparato colectivo que asegure ¡por fin! la existencia de la comunicación, sólo aparece cuando el intercambio auténtico entre los hombres y las mujeres ha dejado de tener sentido, y la circulación del lenguaje se encuentra en déficit. El aparato colectivo de comunicación asigna nuevas funciones: códigos, instituciones, técnicas de comunicación, ciencias de la comunicación, etc. Todo es mensaje. Lo que era un acto humano por excelencia se ha convertido en una helada operación. Y aunque este sistema tiene la capacidad para producirse y reproducirse, resulta ser cada vez más estéril. Se trata de una tecnocomunicación incrustada en los sujetos, a manera de prótesis, que se vuelve su negativo: la no-comunicación. La eficacia y la velocidad de la tecnocomunicación —para Baudrillard— se debe a que “todo comunica pero nadie se toca”. Nos hemos acostumbrado tanto al intercambio sin vernos, sin escucharnos, que ahora sólo se tiene fe en la Solidaridad Electrónica. Recibí hace poco un rollo que por posdata decía: “Nos estamos chateando”.

En la Era de la Comunicación Técnica es común el sometimiento a las imágenes, a los mensajes, a la epidemia de los signos y los artefactos. Lo más peligroso de este ritual tecnocientífico es que puede hacer desaparecer la singularidad del sujeto y el objeto, en tanto que el yo individual pierde su diferencia y su secreto, pues el otro, el semejante, desaparece, sin el desafío ante su mirada, sin el compromiso ante su realidad. ¿Quién ignora que el teléfono se convirtió en el instrumento idóneo para evadir compromisos, engañar, dilatar respuestas o deshacer tratos?: “Llámale por teléfono y asunto arreglado”. No es necesario desbordarse en ejemplos para transmitir lo que denuncia Baudrillard: la intensidad de la comunicación se evapora con la relación superficial de la tecnocomunicación.

Baudrillard es el crítico radical de la existencia apantallada, de las mentes pantalla, televisadas y televisivas, que por la intensificación de la tecnocomunicación parecen palpitar en un escenario artificial, que los protege del vacío abismal de la pantalla, así como del vacío interior (que es más profundo).

La tecnocomunicación exige un imperativo moral: “Quedar Conectado”. Como dice una consigna de un canal de televisión: “¡Ni se te ocurra levantarte!” La televisión se ofrece como una Utopía de Cristal, de burbujeantes sabores y de sublimes pastas dentífricas, gracias a la cual es posible escapar del mundo exterior y entrar en un microcosmos, en el que ya no tiene sentido la pregunta por la libertad, porque en ese mundo de escenarios y simulacros, resulta difícil saber si se es pantalla o ser humano. Haciendo eco a Baudrillard, el filósofo español Eduardo Subirats le atribuye a la pantalla del espectáculo una misión redentora universal, pero ya no con mensajes de emancipación ni de salvación en el más allá, sino con un alto designio: la felicidad a través de las virtudes heroicas de un detergente o un reino donde el dolor de este mundo se redime con la frescura de un desodorante (Eduardo Subirats, Metamorfosis de la cultura moderna, Anthropos, Barcelona, 1991, pp. 233-234).

Para Baudrillard, en la medida en que la televisión anula la distancia entre el espectador y la escena, que hace entrar en algo parecido a un coma, lo que se produce ahí es una constante demanda de que la pantalla llene el vacío abismal que ella misma produce. Y es que la pantalla se encuentra muy lejos para generar la intensidad dramática de lo real, y también está demasiado cerca para crear el drama de un escenario.

Lo más dramático del universo técnico es que apantallados y pantallas constituyan una unidad indisoluble. La pantalla de nuestra mente corre el peligro de quedar conectada a la pantalla de la computadora. Puede darse una experiencia siniestra: una continuidad indefinida, una indistinción del sujeto y el objeto, donde el interior y el exterior forman un continum

Vivimos en la Era de la reproductibilidad técnica, reconocible por el deseo ilimitado de eternidad. Toda acción es fotografiada, filmada, grabada, reproducida hasta el cansancio. Hoy se quiere afirmar desesperadamente la existencia aunque sea por vías engañosas: existir en todos los escenarios, en todas las pantallas y en todos los programas. “Las gentes sienten deseos de llevárselo todo, de saquearlo, de comérselo todo, de manipularlo todo. Ver, descifrar, aprender no les afecta. Su inclinación masiva es la manipulación” (Jean Baudrillard. Cultura y simulacro. Kairós, Barcelona, 1978, página 92).

La cultura del espectáculo produjo una fascinación incomprensible y una veleidad chocante en las gentes. Hoy la invasión de la subjetividad llega a los límites de la profanación. Para Hans Magnus Enzensberger todo en la sociedad técnica aspira a lo espectacular: “Mercancías y escaparates, tráfico y publicidad […] una escenificación permanente, que no sólo domina los centros urbanos públicos, sino también los interiores privados” (Hans Magnus Enzensberger. Elementos para una teoría de los medios de comunicación. Anagrama, Barcelona, 1981, pp. 39-40).

Pero la tesis de la manipulación de las masas a través de la televisión, arraigada en la tradición de la izquierda tiene mucho tiempo que entró en descomposición. A las masas, argumenta Baudrillard, si les ofrece sentido piden espectáculo; ningún esfuerzo pudo nunca atraerlas hacia ideas porque sólo retienen imágenes; idolatran todo lo que sea espectacular. Las masas renuncian a pensar, por lo que no quieren saber nada de sus obligaciones simbólicas (Jean Baudrillard. A la sombra de las mayorías silenciosas. Kairós, Barcelona, 1978. p. 8).

La Comunicación es el gran mito del Siglo XX que hereda complacido el siglo XXI y el hombre-telemático su héroe trágico. Lo trágico no está en la agonía de un futuro dudoso, sino en una incertidumbre antropológica: ¿Soy un ser humano o una máquina? El obrero, considerado antaño como extraño a la máquina, era un enajenado. Hoy, ante la pantalla, está apantallado, seducido. La seducción, que es una de las experiencias más trabajadas por Baudrillard, pertenece al ámbito de “la superficie y la apariencia” (Jean Baudrillard. El otro por sí mismo, Barcelona, Anagrama, 1988, p. 53).

Baudrillard destacaba que el fantástico éxito de la inteligencia artificial (la computadora), se debía a la capacidad que tiene de liberarnos de la inteligencia real, de la singularidad del pensamiento, de las preguntas fundamentales de la existencia, de las relaciones entre el pensamiento y el mundo, así como de las interrogantes por la libertad.

A pesar de sus incisivas críticas Baudrillard no se siente autorizado para sostener que las pantallas son una nueva esclavitud. Antes bien considera que el reto actual es reducir esa incertidumbre antropológica entre ser humano o máquina, pero no a través de más tecnocomunicación. Para nuestro pensador “[…] lo que ha estado en juego desde siempre ha sido el poder mortífero de las imágenes, asesinas de lo real, asesinas de su propio modelo” (Jean Baudrillard. Cultura y simulacro., op. cit., p. 13).

Al leer a Baudrillard imposible no preguntar y tratar de responder: ¿Son los paraísos artificiales de las pantallas una nueva libertad? Ese vacío, cual boca de muerto que se hunde tras las deslumbrantes imágenes que asesinan lo real y convierte el mundo en un simulacro, parece sugerir que no.

21 octubre, 2015
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