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Theodor Adorno, Minima Moralia y salario mínimo

Rosario Herrera Guido

Ha llegado el momento de entender
que hay límites a la esquizofrenia
con la que un país puede operar.
             Jorge Zepeda Patterson

Theodor Adorno, destacado pensador y fundador de la Escuela de Frankfurt, en su obra en aforismos Minima Moralia: reflexiones desde la vida dañada (Taurus, 1999), escrita a finales de la Segunda Guerra Mundial, con la visión del intelectual en el exilio, articula en tres partes y un apéndice, el corpus de un libro poderoso, marcado por una profunda desgarradura, desde donde aborda los temas favoritos de su pensamiento: la filosofía, la sociología, la psicología y la estética, en una forma sublime la música. En un tiempo en el que el proletariado no había alcanzado el triunfo de la revolución marxista y el capitalismo se expandía en una forma dramática y cruel abismando la distancia entre las clases sociales, después del Holocausto y la claudicación ante el fascismo. Porque la humanidad, tras la Revolución Francesa, la universalización de los derechos civiles y la expansión de la democracia, en lugar de humanizarse se precipitó en la barbarie, cuya máxima expresión fue el Holocausto. Una brutalidad ante la que Adorno y la Escuela de Frankfurt se posicionaron como la única alternativa para la emancipación de la humanidad. Pues Adorno, ante la filosofía como la manifestación más personal de una época, fue capaz de mostrar lo que palpitaba en la suya. Después del genocidio de Auschwitz, ordenado por Hitler, ¿había muerto la humanidad?

En Minima Moralia, Adorno muestra que es un filósofo imprescindible porque convierte el tiempo que le tocó vivir en objeto de su filosofía, partiendo siempre de lo concreto hasta desarrollar un modelo abierto y asistemático de la Teoría Crítica, liderada por quien fue su asistente, Jürgen Habermas. Con una sensibilidad que muestra su humanidad y su agudo pensamiento: “Muy pronto en mi infancia vi por primera vez a los barrenderos quitando la nieve con unas ropas delgadas y raídas. Cuando pregunté se me contestó que eran hombres sin trabajo. A los que se les daba esa ocupación para que se ganaran el pan. Bien está entonces que se pongan a quitar la nieve’, exclamé furioso, y al pronto rompí a llorar desconsoladamente” (Adorno, Minima moralia (Taurus, 1999: 191).

Es paradigmático, a propósito de su crítica al capitalismo, el aforismo 15, titulado “Le nouvel avare” (el nuevo avaro), en el que describe con pericia dos clases de la avaricia: 1) la pasión arcaica que nada concede a sí mismo, menos a los demás, diagnosticados por Freud, como “anales”, por la relación del dinero con los excrementos y 2) la del miser, el mendigo, que posee en secreto millones y que porta la máscara puritana del disfrazado califa del cuento. Pero para el avaro de nuestro tiempo, el pobre capitalista, nada es demasiado caro, tratándose de él mismo, pero sí para los demás, en especial para sus sirvientes y obreros, pues está regido por la ley de dar a los demás menos de lo que recibe. Su benevolencia, en el mejor de los casos, se expresa en la consideración: “¿es esto necesario?”, “¿es preciso hacer esto?”. Cuando conviene se fundan de un modo irrefutable en lo que consideran lo justo del derecho, con lo que lo justo se funda en lo injusto. Por ello los nuevos avaros ya no practican el ascetismo, que es la moderación [propuesta por Aristóteles y retomada por Morelos], como un vicio sino como una previsión [habría que rebautizar como perversión] (Adorno, Minima moralia, Taurus, 1999: 32).

De esta avaricia está gravemente enferma la clase política mexicana, pues con el reciente aumento al salario mínimo “concedido” a la clase trabajadora de México, muestra con claridad meridiana que está regida por la LEY DE DAR A LOS DEMÁS MUCHO MENOS DE LO QUE RECIBE DE ELLOS MISMOS

18 diciembre, 2015
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